domingo, 14 de septiembre de 2014

Aquella pradera






Aquella pradera

que el sol no abandona, 

donde los perfumes se encuentran de paso,


sube de rato a rato

una florcilla ataviada 

con agua y perspectiva,

lleva las ofrendas del universo,

barro de alturas capullo encarnado,

hierba de espesura,

refinada raíz, ensalmo de alegría,

fue como nunca y siempre,

allí donde no se prorroga nada,

para hallar lo que estaba esperando,

sin que te toque el viento,

la larga noche o el radiante amanecer,

tan solo la mano de lodo de la misma tierra,

y la fuerza de los trigales y las vides,

la yema que madura escuchando 

correr el agua pura, donde se formaron tus ojos,


y tu andar hecho para mi en el confín,

mi corazón resistió aludiendo tu boca,

necesitando tus labios. 















  





    



   




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